Kenya, ya no sé qué hacer. Mi hijo se frustra por la cosa más pequeña y todo acaba en un llanto o una rabieta».
Esta es, sin duda, una de las frases que más escucho en mi día a día. Es una sensación que agota a las familias, que a menudo sienten que tienen que «caminar de puntillas» para evitar la siguiente explosión.
En este espacio de «Vivimos Aprendiendo», quiero compartir contigo una perspectiva diferente. Como siempre digo, «detrás de cada diagnóstico hay, primero, una persona dentro de una historia». Y detrás de cada rabieta, hay una frustración que no sabe cómo ser expresada.
La frustración no es el enemigo. Es una emoción natural que surge cuando la realidad no cumple nuestras expectativas. Para un niño, esa expectativa puede ser tan simple como que la torre de bloques no se caiga o que quiera la galleta ahora.
El problema no es la frustración en sí, sino la falta de herramientas para gestionarla. Mi objetivo como terapeuta no es eliminar la frustración (¡es imposible!), sino, como explico en mi servicio de Gestión Emocional y Conductual, «enseñar herramientas para que estas dificultades no limiten su vida».
Si esto resuena contigo, aquí te dejo 3 claves que aplicamos en mis programas de acompañamiento:
1. Conecta antes de Corregir (Validar)
Cuando un niño está desbordado, su cerebro racional está «desconectado». Intentar razonar con él en ese momento («¡Pero si no es para tanto!») es como intentar hablar con alguien que tiene los oídos tapados.
Antes de corregir la conducta (el grito, el golpe), debemos conectar con la emoción.
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En lugar de decir: «No grites, no es para tanto».
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Intenta decir: «Veo que estás muy enfadado. Es muy frustrante cuando el dibujo no sale como querías, ¿verdad?».
Al validar su emoción, no estás aprobando la rabieta; estás reconociendo su sentimiento. Le estás diciendo: «Te veo, y lo que sientes es real».
2. Sé el faro, no la tormenta (Co-regular)
Como padres, nuestro estado emocional es el ancla de nuestros hijos. Si su frustración nos «contagia» y respondemos con gritos o enfado, la tormenta se hace más grande.
En mis sesiones de Apoyo a Familias, trabajamos mucho esto. «Caminar a su lado» significa ser el faro: la presencia adulta, calmada y segura que, aunque vea la tormenta, no se deja arrastrar por ella. Respira hondo, baja el tono de voz y ofrécele tu calma. A esto le llamamos co-regular, y es el paso previo indispensable para que un día aprendan a auto-regularse.
3. Enseña la herramienta… en frío
El momento de la rabieta no es momento de enseñar, es momento de acompañar.
Las herramientas (qué hacer la próxima vez) se enseñan «en frío», cuando la calma ha vuelto. Una hora después, o al día siguiente, puedes sentarte con él y decir:
«¿Recuerdas cuando te enfadaste tanto con los bloques? Tu enfado es normal, pero gritar no nos ayudó. La próxima vez que sientas esa rabia subiendo, ¿qué podríamos probar? ¿Respirar como un globo? ¿Pedirme ayuda? ¿Estrujar una almohada?».
Vivir aprendiendo es entender que cada momento de frustración es una oportunidad. No para «ganar una batalla», sino para enseñar una habilidad que le servirá toda la vida.
Si sientes que necesitas un acompañamiento más personalizado para gestionar estos momentos, estoy aquí para escuchar vuestra historia.
– Kenya Velazquez